Posts etiquetados ‘comunicacion’

Eva Golinger / Russia Today

Elías Hidalgo
Kriptópolis

Hace unos cuantos años nacía Freenet, una red libre y segura, enfocada a defender la libertad de expresión en Internet permitiendo a sus usuarios navegar, compartir o publicar información de forma completamente anónima.
La idea inicial de este proyecto es la de permitir el acceso a una red privaday segura en países donde la censura en internet es algo normal. Pero en estos convulsos días en los que estamos viendo como algunos quieren acotar la libertad en internet, de nuevo se empieza a hablar de esta solución para navegar de forma anónima.

The FreeNet Project, funciona como una red P2P completamente descentralizada que carece de servidores, por lo que utiliza el ancho de banda y los discos duros de los equipos conectados para, en función de la demanda, poder responder y obtener contenidos en completo anonimato. Además, para complicar el rastreo del que envía o recibe la información, la transferencia de datos no se produce directamente entre dos usuarios, sino que va pasando de un nodo a otro hasta alcanzar su destino final, como contábamos hace poco.

Como no podía ser menos, este proyecto tiene licencia GNU GPL y es multiplataforma. Su instalación en distribuciones Linux es bien sencilla, tan solo tenemos que ejecutar la siguiente linea y empezar a configurarlo.

wget http://freenet.googlecode.com/files/new_installer_offline_1405.jar -O new_installer_offline.jar java-jar new_installer_offline.jar

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Rosa Miriam Elizalde
I

La palabra ha terminado siendo un comodín que sirve para todo, incluso para distraernos entre fuegos fatuos, o peor, paralizarnos. Pero “ciberguerra” no es cualquier cosa, sino una guerra en el más clásico sentido de la palabra, en la que intervienen Estados, ejércitos y servicios secretos en una nueva ecología, la de las redes digitales, que mediatiza los conflictos y ha aportado sus propios instrumentos, pero no ha modificado sustancialmente la conciencia del hombre. Y nadie duda de que esta guerra real, durísima, mata cada día a cientos de personas en Afganistán, Iraq, Paquistán, Libia, Yemen, la frontera mexicana y dondequiera que utilizan los drones, esos robots asesinos de la CIA dirigidos por jugadores de nintendo, que se cargan con un clic a seres de carne y hueso a cientos de kilómetros de los dedos que aprietan el gatillo.

Sin embargo, los halcones del Pentágono y Hollywood intentan todos los días alucinarnos con los artefactos de guerra y alimentan la idea de los peligros y los monstruos cibernéticos que reptan por la red. Para protegernos de los ciberterroristas siempre tienen a la mano versiones mejoradas de RoboCop y Terminator, que justifican presupuestos mil millonarios y generan alarma y competencia en todo el mundo.

El libro más vendido sobre la ciberguerra -Cyber War, de Richard Clarke- predice un ataque catastrófico contra la “infraestructura crítica” de Estados Unidos, que no duraría más de 15 minutos. Los virus informáticos harán caer los sistemas militares, explotarán las refinerías de petróleo y los oleoductos; colapsarán los sistemas de control del tráfico aéreo; se descarrilarán los trenes; se mezclarán todos los datos financieros; caerá la red eléctrica y se descontrolará la órbita de los satélites. Clarke, zar antiterrorista de Clinton y de Bush, es ahora el consultor principal de una firma de seguridad informática, contratista del gobierno de EEUU, que como otras muchas están haciendo su agosto con campañas de miedo que generan un incremento del gasto estatal en blindaje de redes.

Bajo el paraguas de la ciberguerra se incluyen experiencias que no tienen que ver necesariamente con agresiones militares y que han existido siempre, como el espionaje, la delincuencia, la subversión, la propaganda sucia y el control social. La Internet -columna vertebral del ciberespacio- es solo una extensión simbólica de la realidad. Por tanto, ante los hechos que allí se expresan hay que aprender a lidiar primero con los fenómenos del mundo físico para entender las sombras que este proyecta, o de lo contrario podríamos terminar creyéndonos que es legítimo dispararle un misil al ladrón de una caja registradora.

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Marcelo Colussi
Un cuchillo puede servir para cortar la comida…., o para apuñalar a alguien. Del mismo modo, la energía nuclear puede servir para alumbrar toda una ciudad, o para hacerla volar por el aire. Conclusión: la tecnología en sí misma, permítasenos apelar a este maniqueísmo un tanto reduccionista, no es ni “buena” ni “mala”. El aprovechamiento de los avances técnicos está en función del proyecto humano en que se despliegan. Los instrumentos que el ser humano va creando, desde la primera piedra afilada del Homo Habilis hasta la más sofisticada estación espacial actual, son herramientas que ayudan a la vida. Las herramientas no tienen un valor por sí mismas: son la perspectiva ética, el modelo de ser humano y de sociedad a la que sirven, quienes les da su valor.

Es importante empezar diciendo esto para aclarar un mito que se ha venido dibujando en el mundo moderno, el mundo de la industria basado en la siempre creciente revolución científico-técnica: el mito de la tecnología y del progreso sin par.

Las herramientas, los útiles que nos ayudan y hacen más cómoda la vida cotidiana –el tenedor, la presa hidroeléctrica, el calzador para ponernos un zapato o el microscopio electrónico– son pasos que nos van distanciando cada vez más de nuestra raíz animal. Pero con la aceleración fabulosa de estos últimos dos siglos que se da con la industria surgida en Europa y hoy ya globalizada ampliamente, el poder técnico pareciera independizarse obteniendo un valor intrínseco: la tecnología pasa a ser un nuevo dios ante el que nos prosternamos. En muchas ocasiones terminamos por adorar la herramienta en sí misma, independientemente de su real utilidad o de las consecuencias nocivas que pueda acarrear.

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1.- Hackers, grietas y burocracia

El título de esta conferencia, según el programa, tenía que ser “¿Por qué el legislador defiende la propiedad antes que la libertad?”. Era un título más ilustrativo que el elegido finalmente, que he tomado prestado de la novela de ciencia ficción de Richard Morgan, traducida en España por Jesús Gómez, publicada por Gigamesh, y disponible gratuitamente en las redes de intercambio y servidores de descarga de Internet que quiere cerrar la Ley Sinde.

Sí, el título original era más ilustrativo. Pero “Leyes de Mercado” resume a la perfección la situación actual de nuestro Parlamento en lo que se refiere a la autoría de su producción legislativa, muy particularmente en lo relativo a las leyes destinadas a proteger la propiedad. Y también refleja la Realidad contra la que intentan en vano lucha los legisladores y los que les dictan las leyes. La novela de ciencia-ficción Leyes de Mercado, que tengo en las manos en este momento en su versión papel, seguirá disponible en su forma binaria en internet mañana, pasado, y dentro de un año. Diga lo que diga la Ley Sinde, el reglamento de la Ley Sinde, y cuantas leyes de mercado quiera dictar el próximo Gobierno delegado de los Mercados. Porque esa y no otra es en Internet la verdadera Ley impuesta por sus verdaderos ciudadanos.

Cuando me invitaron a estas jornadas los organizadores me remitieron una lista de normas impuestas por la burocracia universitaria, una burocracia necesaria para organizar la vida académica, pero absolutamente incompatible con la agitada vida de plazos, juicios y recursos que hemos de sobrellevar los abogados. De hecho, me consta que hay compañeros de profesión que han tenido que renunciar a dar conferencias universitarias para no tener que sufrir la burocracia. Yo hago lo que la mayor parte de abogados hacen con las leyes: me comprometo a cumplir con lo establecido, y luego aprovecho las grietas de la letra pequeña.

Me pedían un abstract de la conferencia, y que remitiese el texto por anticipado. Algo imposible: ni yo mismo sé de qué voy a hablar cuando me pongo a escribir: el abstract solo lo puedo hacer como resumen, cuando ya he acabado de escribir, si el teléfono y el twitter me han dejado tranquilo. A veces envidio a aquellos que pueden trabajar de forma estructurada, con arreglo a un Orden inmutable. Yo convivo a diario con el Caos, y no sabría vivir de otra forma. Posiblemente por eso me gusta tanto Internet.

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Entrevista especial concedida para el Correo del Orinoco con el analista mexicano Alfredo Jalife

Preguntarle a Alfredo Jalife sobre el rol que han cumplido las corporaciones mediáticas en la invasión de Libia es como abrir un libro que contiene, completos, los pormenores de la mentira y la manipulación. “El rol que han cumplido es el rol asignado: desinformar y ser el brazo armado mediático del banco de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte)”, sostiene el analista mexicano, colaborador del diario La Jornada y autor de varios libros sobre la globalización.

-¿El banco de la OTAN?

-La OTAN es un banco. Lo primero que hizo fue capturar los recursos financieros de Libia, mediante los fondos soberanos de riqueza (suerte de Fonden que recoge los excedentes del petróleo), que consistían en unos 165 mil millones de dólares; ya los podaron, y dicen que nada más hay 50 mil millones. Seguro que le echarán la culpa a la familia Gaddafi y dirán que los enterró en el desierto. También tomó las reservas de divisas, que son las que, por el PIB, ha venido acumulando el país, y que el Banco Mundial acepta que son de 150 mil millones de dólares. Luego están las 155 toneladas de oro.
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Carinha Glock
IPS

Incluso antes de ser contratado como portavoz de Wikileaks en julio de 2010, el periodista Kristinn Hrafnsson, 49 años, percibió que la nueva red que despuntaba tenía el poder de provocar transformaciones con el simple acto de informar a la sociedad, empezando por su propio país, Islandia.

Fue en 2009, mientras Hrafnsson y otros periodistas islandeses sentían el bloqueo a su intento de obtener y divulgar noticias sobre los “banksters” (gánsteres bancarios) y el colapso económico provocado en el sector, cuando recibió la primera comunicación de esta organización mediática trasnacional sin fines de lucro, cuyo propósito es hacer públicos documentos confidenciales de empresas y gobiernos.
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